Era viernes, ya me iba para casa, cuando sonó el teléfono de la oficina. Atendí, era mi amigo Luis.
Me invitaba a pasar el fin de semana en Mar del Plata, donde sus viejos tenían un departamento.
Me tomó de sorpresa y le dije que no, el insistió, me dijo:
Con más razón si estás cansado, acompañame que la vamos a pasar bien, a mi novia le digo que voy con vos porque tenés que visitar a tu abuela enferma, yo safo de ir con ella y los dos en Mardel, nos damos la gran vida. Dale quiero tener otro fin de semana libre, como antes.
Era verdad necesitaba, distanciarme de los problemas de la oficina. Tener que viajar en micro no me apasionaba, pero Luis insistió tanto que acepté.
Nos encontrarnos en la Terminal de Retiro, tomé un taxi y llegué, justo cuando el resto de los pasajeros estaban dejando sus valijas en la bodega del micro.
Salimos de Retiro a las once.
La noche estaba horrible hacia mucho frió y una niebla espesa cubría la ciudad. Además llovía cuando el micro dejo la Terminal de Retiro. Para colmo Luis había conseguido dos lugares separados. Uno en el piso de arriba era una butaca individual, el otro abajo. Los dos queríamos la ubicacion de arriba.
La jugamos a cara o seca.
Elegí cara y salió seca. Luis se dio cuenta de mi bronca y se ofreció a viajar abajo aunque el había ganado.
De ninguna manera – le dije – Tengo que aprender a perder, si elegiste arriba y ganaste me la banco y asunto terminado, no hablemos más.
El micro lucía nuevo y limpio, sin embargo mi mala suerte parecía no ceder, porque el asiento era el último del lado de la ventanilla y a mi lado se sentó un muchacho grandote que parecia un obrero con una caja de herramientas que puso entre sus piernas.
Estaba arrinconado en el asiento, apretado contra la ventanilla.
Cuando el micro arrancó intenté llamar a casa, no pude porque el celular tenía la batería descarga.
La lluvia golpeaba a la ventanilla, cada vez más fuerte. Las gotas tocaban el vidrio y se colaban hacia el lado de adentro, sentí el brazo mojado.
Al ingresar el micro a la autopista, pusieron una película que tenía ganas de ver, pero en la pantalla de catorce pulgadas no alcanzaba a leer el subtitulado, además habían bajado el volumen.
Estaba de mal humor, Incomodo junto a muchacho y su caja de herramientas, para colmo él disfrutaba la película mientras comía un sanwich de milanesa, que hab’ia sacado de la caja de herramientas.
Traté de inclinar el asiento, pero no era reclinable.
El micro estaba en plena ruta cuando los ronquidos de mi vecino me mantenian despierto y fue por eso que vi y escuche, el ruido, los gritos, el dolor que en un instante reino en el micro cuando luego de una mala maniobra se salio de la banquina y finalmente quedo dado vuelta y de costado sobre un costado de la ruta, los gritos seguian y gracias a las herramientas de mi vecino pudimos destrabar la salida de emergencia y sali del ómnibus aturdido, pero justo un instante antes de que se incendiara.
En el entierro de Luis su novia no me saludó.







