Vigilia

Miro el reloj, en dos horas amanecera. No hay ruidos en la pieza, trato de dormir y no puedo.
Doy vueltas en la cama.
No me gusta este silencio, que solo es interrumpido, por el tictac del reloj.
No aguanto mas, me levanto y voy hasta la cocina, abro la heladera y tomo agua de la botella, me acerco a la mesa. Veo las dos copas y en el cenicero las colillas de cigarrillos, uno manchado de rouge, de Laura que ahora recuerdo cuando apagaba nerviosa, mientras me decia que se iba.

 

La Suerte

bus1Era viernes, ya me iba para casa, cuando sonó el teléfono de la oficina. Atendí, era mi amigo Luis.
Me invitaba a pasar el fin de semana en Mar del Plata, donde sus viejos tenían un departamento.
Me tomó de sorpresa y le dije que no, el insistió, me dijo:
Con más razón si estás cansado, acompañame que la vamos a pasar bien, a mi novia le digo que voy con vos porque tenés que visitar a tu abuela enferma, yo zafo de ir con ella y los dos en Mardel, nos damos la gran vida. Dale quiero tener otro fin de semana libre, como antes.

Era verdad necesitaba, distanciarme de los problemas de la oficina. Tener que viajar en micro no me apasionaba, pero Luis insistió tanto que acepté.
Nos encontrarnos en la Terminal de Retiro, tomé un taxi y llegué, justo cuando el resto de los pasajeros estaban dejando sus valijas en la bodega del micro.
Salimos de Retiro a las once.
La noche estaba horrible hacia mucho frió y una niebla espesa cubría la ciudad. Además llovía cuando el micro dejo la Terminal de Retiro. Para colmo Luis había conseguido dos lugares separados. Uno en el piso de arriba era una butaca individual, el otro abajo. Los dos queríamos la ubicación de arriba.
La jugamos a cara o seca.
Elegí cara y salió seca. Luis se dio cuenta de mi bronca y se ofreció a viajar abajo aunque el había ganado.
De ninguna manera – le dije – Tengo que aprender a perder, si elegiste arriba y ganaste me la banco y asunto terminado, no hablemos más.
El micro lucía nuevo y limpio, sin embargo mi mala suerte parecía no ceder, porque el asiento era el último del lado de la ventanilla y a mi lado se sentó un muchacho grandote que parecía un obrero con una caja de herramientas que puso entre sus piernas.
Estaba arrinconado en el asiento, apretado contra la ventanilla.
Cuando el micro arrancó intenté llamar a casa, no pude porque el celular tenía la batería descarga.
La lluvia golpeaba a la ventanilla, cada vez más fuerte. Las gotas tocaban el vidrio y se colaban hacia el lado de adentro, sentí el brazo mojado.
Al ingresar el micro a la autopista, pusieron una película que tenía ganas de ver, pero en la pantalla de catorce pulgadas no alcanzaba a leer el subtitulado, además habían bajado el volumen.
Estaba de mal humor, Incomodo junto a muchacho y su caja de herramientas, para colmo él disfrutaba la película mientras comía un sándwich de milanesa, que había sacado de la caja de herramientas.
Traté de inclinar el asiento, pero no era reclinable.
El micro estaba en plena ruta cuando los ronquidos de mi vecino me mantenían despierto y fue por eso que vi y escuche, el ruido, los gritos, el dolor que en un instante reino en el micro cuando luego de una mala maniobra se salio de la banquina y finalmente quedo dado vuelta y de costado sobre un costado de la ruta, los gritos seguían y gracias a las herramientas de mi vecino pudimos destrabar la salida de emergencia y sali del ómnibus aturdido, pero justo un instante antes de que se incendiara.
En el entierro de Luis su novia no me saludó.

BESOS

Desde mi balcón la vi pasar, una y otra vez.

Ahora el viento sopla fuerte me protejo detrás de los vidrios del ventanal, ella sigue ahí, en la esquina, con ese vestido negro, el pelo suelto y esa boca que deseo.

Salgo una vez mas al balcón y siento como resuenan sus tacos en la vereda.

Un muchacho en bicicleta se acerca a la esquina, es de noche y las luces de la calle apenas iluminan cuando el automóvil cruza. El conductor intenta frenar, pero no puede y lleva por delante al muchacho. Enseguida varias personas se acercan a la esquina, la mujer también  se acerca y nadie parece notar cuando lo abraza y lo besa en la boca.

Ahora la mujer cruza la calle, por unos instantes desaparece desaparece de mi vista y reconozco el ruidos de sus tacos al subir las escaleras que dan a mi departamento.

Me falta el aire, me duele el pecho, el dolor no cede, se me nubla la vista.

Ahora unos labios carnosos y suaves se apoyan en mi boca y comprendo todo.

Dos carilinas por un peso

Ayer, a la mañana fui a comprar la mercadería para vender hoy.

Lo mío es un trabajo digno, como cualquier otro. Me gustaría que dejen de pensar que soy un vago, que vivo del mangueo, que lo mío no es trabajar. A ver si estan ocho horas arriba de un colectivo, los que me critican. Poner la cara para vender, no es nada fácil, más cuando te miran con bronca. Yo sé lo que piensan, éste en vez de trabajar pide limosna, pero no, lo mío no es pedir, yo vendo un producto, yo camino todo el día. Yo pongo la cara.

Todos los días, arrastro mi vergüenza en el 60, el colectivo que arrastra a muchos a sus trabajos, pero a mi no, porque este es mi sustento, aquí arriba, les toco el corazón, les indigesto el desayuno o el almuerzo, les muestro mi pobreza.

“Estimados pasajeros, directamente de fábrica y por mi intermedio, hoy llega a Uds. esta partida, que al no haber intermediarios puedo ofrecerles a solo un peso. Sin ningún compromiso de compra, voy a pasar a entregarles dos paquetes de pañuelos descartables.”

- Si señora ya estoy con Ud.

Ofrezco mi mercancía haciendo malabares apoyado detrás del asiento del conductor. Y así empiezo la rutina, mientras el bondi recorre la paqueta Avenida Santa Fe, les digo:

“Este es mi trabajo, mis dos hijos ahora tienen hambre y tengo que darles de comer.”

“Dos paquetes de pañuelos de papel solo por un peso.”

Recorro el pasillo y los miro uno a uno.

Algunos me escuchan pero no se atreven a mirarme, hurgan en sus bolsillos, encuentran unas monedas que rápido tiran y rápido esconden su vergüenza mirando por la ventanilla la Avenida Santa Fe.

y mañana otra vez seguiré con mi rutina:

“Directamente de fábrica les ofrezco dos Carilinas por un peso.”

La Hermandad

Javier embarcó en la lancha colectiva, cuando el sol se hundía en las aguas barrosas del río, que ahora tenían un tinte rojizo. Era lunes y en la lancha la mayoría de los pasajeros regresaban a las islas.
Javier se preguntaba porque respondía al llamado de Martín.
Después de una hora la lancha ingresó en un canal angosto y en las islas la mayoría de las casas tenían las ventanas cerradas y los botes estaban amarrados a los muelles.
El viento anunciaba sudestada y Javier se alegró de llegar al muelle de La Hermandad. Ya era de noche. La vieja casona estaba rodeada de cañas y leña cortada junto al galpón que parecía abandonado. La puerta de la casona estaba entreabierta. La habitación apenas iluminada, con una luz rojiza, una mesa y las dos sillas, era todo el mobiliario.
Desde la puerta interior apareció Martín que lo recibió con una botella de vino y unas copas que dejó en la mesa.
Al fin Javier, te acordaste de venir. Sabía que no me podías fallar.
Si ya ves, todavía me acuerdo de vos, aunque seas de Boca.
Dale, sentate, así charlamos tranquilos.
Siempre hay revancha en el fútbol.
Si ustedes son hijos nuestros. Pero después hablamos de fútbol ahora contame qué haces en el Tigre, que es la Hermandad y desde cuando tanto apuro para que venga, acaso me vas a pagar las deudas.
Me alegro que hayas venido, te sirvo un poco de vino.
Dale, y habla que te escucho.
Martín descorchó la botella, lleno las copas y comenzó el relato Javier bebió unos sorbos del vino.
- Hace dos meses, después de buscar trabajo todo el día, tomé el subte, me regalaron el diario La Razón y decidí leerlo en casa. Cuando bajé del subte fui a comprar algo para picar cuando pasaran el partido de Boca contra ustedes.
Entre al minimercado con el diario en la mano. Elegí café, queso y unas galletas y fui a la caja donde el chino me dijo:
- Gracias señor, guardó en el cajón de la registradora mis últimos veinte pesos, cuando vio el diario que tenia en la mano me preguntó:
¿Leyó el aviso de La Hermandad en la página 10?
Intrigado, en casa, leí el aviso. Me costó encontrarlo; “Banco de Sangre La Hermandad – Asocia con beneficios” y con letra más chica decía la dirección, a dos cuadras de mi departamento.
Miré la hora, faltaba un rato para el partido.
No sé por qué, cuando me siento sin plata, miró la hora y me toco el bolsillo izquierdo.
- Te juro Javier, dudé, pero estaba fundido, en el contestador tenia un reclamo de la tarjeta y a vos también te debo unos pesos.

Fui a la dirección del aviso.
Una mujer, de ojos orientales y pelo negro hasta la cintura, me dijo:
Por medio litro de sangre te damos cien pesos y asociamos.
Necesito los cien pesos, le dije.
Me dio la plata y me invitó a sentarme en un sillón en la sala de espera.
En una mesa ratona había revistas para los asociados, en una de ellas leí un artículo sobre vinos que tenían propiedades para prolongar la vida. Jalea real para borrachos, pensé.
La sala tenía paredes violetas. Ya había anochecido, pensé en irme, sin embargo me quedé.
Al rato apareció la mujer con una copa de vino que tomé de un trago.
Ya estoy con vos. Es hora de cerrar y escuche el ruido de la cortina metálica.
Cuando volvió, me acompañó a otra sala donde había una camilla. Todo parecía girar a mí alrededor y me recosté. Con mi mano izquierda tocaba los cien pesos, no pude ver la hora. El partido pensé, pero ya era tarde.
La mujer, con suavidad buscó mi mejor vena. No sentí el pinchazo pero vi como la sangre pasaba de mi brazo a la bolsa. Y así empezó mi historia con La Hermandad.
Mientras escuchaba el relato Javier estaba quieto, trató de hablar, pero no pudo. Perdía la conciencia, se le nublaba la vista, escuchó unos pasos. Inmóvil vio como una mujer de ojos rasgados y pelo largo se acercaba, Intentó moverse, pero no pudo. Antes de desvanecerse vio como la mujer y Martín sonreían.

Hola Marta, sí, quién habla.
Martín, estoy pasando unos días en el Tigre y me gustaría que vinieras a visitarme.

Burbujas

En la cocina hervía el agua. Ana, arrugó la frente y fue a preparar el café.
Jorge abrió la puerta y dejó la campera en una silla.
Ana levantó la campera de la silla y la llevó al placard del dormitorio, regresó al living y se sentaron los dos en el sillón.
Ya eran las nueve de la noche, el partido de fútbol iba a comenzar, Jorge, agregó sacarina al café y revolvió con resignación con Ana había quedado en tomar un café como se los había recomendado psicóloga.
Ana le dijo:
-Hoy me acordé del viaje a Córdoba, hace rato que no vamos.
-Tenés razón, hace tanto tiempo.
Ana trajo el álbum de fotos.
Y mientras las miraban creyeron estar a cielo abierto, en la orilla del lago.
La brisa despeinaba y tapaba la cara de Ana que sensual alisaba el pelo, sonriéndole a Jorge.
-Podríamos ir unos días a las sierras, dijo Ana y esa misma semana hicieron los preparativos para el viaje.

Llegaron al lago y discutieron, Ana insistió y estacionaron el coche en la pendiente, casi en la orilla, donde ella quería y bajaron las reposeras.
Ana se pintaba las uñas de los pies, Jorge leía el diario con bronca, porque el viento doblaba las hojas y no podía leer. Una hormiga, le dejó una roncha en el pie.
Ana con varios kilos de más casi se cae de la reposera. El pelo le tapaba la cara, además tenía frió.
Con fastidio le dijo:
-Voy al coche, -parecía hablarle al diario- Jorge de reojo, la vio subir.
Ana cerró la puerta trasera, bruscamente y el coche con el peso se balanceó, falló el freno de mano, avanzó unos centímetros y después unos metros y cayó al agua.
El coche se deslizó unos segundos, empinó el capot y se hundió, formando círculos a su alrededor.
Ana no sabía nadar, en Trelew no hizo por eso la excursión acuática.
Jorge se sacó las zapatillas y el jean.
Se zambulló en el agua helada y nadó, siguiendo las burbujas, buceó y abrió los ojos debajo del agua. Vio una mancha borrosa a unos metros, unas brazadas y pudo reconocer el techo del coche.
Tocó con las manos la puerta, se acercó a la ventana. Ana desesperada hacía gestos y ambos se miraron a los ojos como nunca.
Jorge giró la cabeza hacia ambos lados, largó todo el aire de sus pulmones y con una patada en el techo se dio un envión y se alejó del coche.
Las burbujas y Jorge subieron a la superficie, cuando asomó la cabeza fuera del agua respiró aliviado.

Dieguito

Imagen para el cuento \ De la camioneta caen gotas de sangre y forman una mancha, que se pierde en la banquina de la ruta. En la cabina de la 4X4 una mujer embaraza tiene la cabeza apoyada sobre el volante haciendo sonar la bocina. La mujer está desmayada y la bocina como si supiera pide socorro. Los focos iluminan la banquina oscura en la noche bonaerense.

En la casilla las voces y risas del Rata y su mujer se confunden con las voces y risas de la tele. En la pantalla aparece el Diego y el Rata recordó la fabrica, las mateadas y los pastelitos. ” Si en la fábrica me decían Diego, Dieguito”. Recordó los viernes cuando volvía de la fabrica con un sobre gordo, lleno de billetes y como lo apretaba en el tren para que no se lo robaran. Llegaba a la Estación de Moreno y compraba fìambre, pollo, vino y jazmines para la Rosa porque la Rosa siempre lo esperaba en la puerta de la casita de ladrillos, todavía sin rebocar.

Mientras en la tele seguía hablando el Diego.

Su mujer le dijo:

- Rata, hace algo, si no ya sabes empiezo a trabajar en la calle, vos no querés, pero voy igual.

- Ya salgo, Rosa, ya salgo – “con esa panza, qué vas a traer, ni un peso traes.”

Y se va el Rata a trabajar, pisando con cuidado en los ladrillos rotos de la senda, esquivando el barro y el agua estancada de las esquinas.

Son casi tres cuadras hasta el campito en el centro de la villa. el Rolo está en la puerta del Kiosco tomando fresco, en camiseta, sentado en la silla con el respaldo al frente y con un vaso de cerveza en la mano.

- Lo de siempre Rata.

- Si, varón y apuráte que se escapan los chabones, en un rato ya no pasa nada.

- Tranquilo hermano, si querés sacarme bueno – el Rolo termina de tomar la cerveza y se limpia la boca con el brazo izquierdo y chancleteando entra al kiosco. “El Rolo es un amigazo, de día me fía los bizcochos, la yerba, y de noche la merca. Bueno él sabe que nunca le fallo, me tiene confianza.”

Al rato el Rata cruza el campo y salta el alambrado. Ya en la ruta del Buen Ayre, respira el miedo y aspira la merca. Busca una piedra y queda escondido debajo del puente. Le tiemblan las manos “Diego, no seas cagón, si es fácil. Rompés el vidrio, manoteás la guita y corrés por el campo hasta la villa.”

Ve dos luces que se acercan. En la curva la camioneta bajó la velocidad y ahí no más el Rata tiró la piedra. El vidrio del parabrisas se rompe y la mujer embaraza frena.

  • Dame toda la guita, ahora ¡rápido! o te quemo. Soltá boluda, soltá…

- Sabés Rosa que la tipa se asustó, me agarró la mano y ahí nomás apreté el gatillo y apenas pude manotear la cartera. Toma, te la regalo y al Rolo mañana dale unos billetes para achicar la cuenta.

El Rata aspira la droga, y respira el calor de las chapas y la tierra todavía caliente y piensa, “que poca guita tenía la boluda.”

En la ruta las gotas de sangre dejan de caer y la bocina deja de sonar cuando llega la ambulancia.

La mujer todavía respira y la llevan a la sala de primeros auxilios, donde el médico de guardia hace lo que puede, pero la mujer había perdido mucha sangre y no aguanta, al pibe lo salva.

En la sala de espera, cuando llega el padre la enfermera le dice:

- Es un varón. Qué nombre le ponemos.

- Diego, como quería la madre.

escrito por Gerardo Rean

LA OTRA

En quince minutos si Alicia y la otra no vienen me voy. No quiero que piensen que soy un irresponsable, por eso vine, pero si es para kilombo, por ahí lo mejor que puedo hacer es irme, la verdad no se porque todavía estoy aquí.

No me gusta pasar por tonto, por eso me molesta como me miran todos en la confitería, seguro piensan mirá ese estúpido que lo dejaron clavado esperando. Si hace rato que está dele que dele revolviendo el cafecito de mierda para hacer tiempo.

Ya está oscureciendo y no vienen.

Tomo el café, el vaso de agua y como la masita.

El café lo tomo de un sorbo porque ya está frio. No quería que se enfriara la relación con Alicia y total se pudrió todo, cuando se enteró que salía con su hermana. Y total que fue solo una vez. La verdad que no era para tanto, además autoridad tiene para criticarme si ella me falló antes, cuando me engañó con Marcos mi mejor amigo y se la perdoné. Está bien que por eso fue que me quise cojerme a la otra aún siendo un bagayo y total para que, si solo me trajo problemas.

Tuve mala suerte, si solo a mi me pasan estas cosas, si se lo cuento a los muchachos no me lo van a creer, salí una vez con la hermana de Alicia y resulta que a la final me sale con que está embarazada, en las novelas de la tele, pasan estás cosas, pero en la vida real solo a mi me pasa. Yo le dije a la otra que no quiere saber nada, que no la quiero y la muy turra se lo contó a Alicia.

Y hoy Alicia la acompaño para hacerse el aborto y todavía no vienen y no se porque insistieron las dos para que viniera y esperara acá . Que me importa todo estos.

Ahora noto que el mozo se ríe mientras con el de la caja y sí seguro que están riéndose de mí. No sé, no sé, la verdad no sé para que estoy acá. Si la plata la puso Alicia que gana mas que yo. Pero juro que no me pasa mas de ahora en adelante siempre con forro. Aunque pensándolo bien con forro no es lo mismo.

Y si me mintio y si no fuí yo, porque esa no es ninguna boluda, sino no hubiera aflojado tan rapido la noche que la apreté solamente porque tomamos unas cervezas. Se regaló y resulta que la culpa es mía porque no usé un preservativo.

Y ya van dos horas y no vienen.

Doblando la esquina, viene Alicia sola, caminando apurada. Le habrá pasado algo a la otra.

Mejor me rajo.

- Mozo, me cobra.